Última sesión: la pastoral nocturna del “Primero Sueño”

En la clausura del Seminario de “Escrituras Virreinales”, el catedrático de la Universidad de Yale, Roberto González Echevarría nos adelantó lo que será un capítulo de su libro en preparación; capítulo que, centrado en el “Primero Sueño” de Sor Juana Inés de la Cruz, estudiará el proceso de culminación de la lírica novohispana cifrado en ese título.

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Por la celda de Sor Juana, expresión máxima de lo que se ha designado como Sabio criollo, pasaba todo el acervo cultural del ámbito novohispano y su biblioteca se nutría de los títulos preclaros de la producción europea. Sin embargo, la situación vital de la monja, en el centro pleno del Nuevo Mundo, da a su escritura una perspectiva distinta y única. La separación real de Sor Juana y el pasado indígena de su tierra natal tintará con un tono distinto su producción barroca.

Para González Echevarría el conocimiento de las pirámides mexicanas y la convicción de un adelantado conocimiento astrológico por parte azteca, sensibilizaría a Sor Juana acerca de la prevalencia relativa de la concepción hispana. El lugar donde entra en escena esa sensibilidad nueva, así como la crisis que las Indias implican para el legado cosmológico anterior, lo conforma por antonomasia esa “Sueño” de 975 versos cuya cadena de metáforas físicas y mentales Roberto González Echevarría aconseja analizar con ayuda del conceit, el instrumento retórico vinculado al conceptismo, puesto en marcha por los poetas metafísicos ingleses y cuyas virtudes, apenas exploradas para la tradición española, permiten calibrar esa ficción transparente, esa actuación o performance que el poema despliega.

La voz poética femenina sólo se asoma a través de ese viaje onírico del poema en el último verso, en la sorprendente expresión “Yo despierta” que lo cierra: hasta ese instante no hay una identidad perceptible entre el individuo que sueña y la voz poética que enuncia la derrota de su empresa.

En “Primero Sueño”, que González Echevarría califica de “pastoral nocturna” -en cuanto emplea la silva típica de la égloga, pero la sitúa en el marco temporal de la noche-, Sor Juana se distancia del paisaje externo en que el género bucólico solía disponerse y nos viene a ofrecer un territorio interior en sombras, en cuya recreación sigue empleándose el saber cósmico y anatómico de la época para, a la vez, ponerlo en crisis.

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Siguiendo la dinámica del Barroco, que invalida sistemas de conocimiento y rebasa estructuras superadas mientras las usa, Sor Juana utilizará discursos que se saben perimidos. La excelencia de su escritura reside en este extremo de llevarlos al límite de su eficacia y en no renunciar a ellos porque, si bien se demuestra así su insuficiencia cognitiva, con esta no se cancela, sin embargo, su capacidad de producir belleza.

De hecho, la mecánica ptolemaica y escolástica, ya desde hace tiempo, se experimentaba obsoleta para dar cuenta de la nuevos astros, fenómenos, eclipses y órbitas, frente a las leyes copernicanas con que el universo parecía regirse. Los avances en cartografía, medicina, anatomía revelaban la bancarrota de la propuesta ideológica previa: constancia de esa invalidez encontramos en los grandes intelectuales de la época, desde Juan del Valle y Caviedes hasta Calderón y Góngora. Sor Juana, como ocurre con estos últimos, no acaba de romper con los periclitados códigos del saber antiguo en tanto fuente de formas y de fábulas. Jean Seznec en un libro imprescindible, La survivance des dieux antiques. Essai sur le rôle de la tradition mythologique dans l’humanisme et dans l’art de la Renaissance (London: The Warburg Institute 1940), indagaba en esta paradójica presencia de los dioses grecolatinos en tanto alegorías, sin validez teológica ni explicativa en el Siglo de oro, pero con un potencial estético irrenunciable: constituían brillantes catálogos de efectos que seguían nombrando una realidad ya inexistente.

Entre los binomios causales que entran en colapso en el barroco –“danza de dioses cascados”, lo llama González Echevarría-, resulta de enorme relevancia el que establece una perfecta y biunívoca correspondencia entre significado y significante, cuya falla el poema explora, combinando la escasez de la maquinaria conceptual utilizada con el infinito cósmico que es su asunto. Así, el “Primero Sueño” redunda en una confirmación del fracaso del pensamiento previo como código autónomo: confirmación que el poema subraya con los materiales mismos por él defenestrados en un ejercicio doble de decepción y belleza.

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