La música llanera, por Valeria Canelas

En las últimas décadas, la música llanera perteneciente, como su nombre indica, a los llanos de Venezuela y Colombia, atraviesa una fecunda aproximación a la música clásica. De esta forma, nos encontramos, por ejemplo, con un pajarillo -forma musical típica del joropo llanero– fusionado con fragmentos de obras de Bach, algo que suele hacer el violinista venezolano Alexis Cárdenas miembro del Ensamble Recoveco.

Este movimiento de la música popular hacia la música clásica –o si prefiere desde la música clásica hacia la popular– tiene unos resultados muy potentes y novedosos. Sin embargo, en realidad nos encontramos ante un nuevo episodio del largo y continuo viaje musical, de ida y vuelta, tanto entre Europa y América, como entre la cultura popular y la alta cultura. Une vez más, la música cuestiona estos límites y evoca una historia tejida de intercambios e influencias que, en muchas ocasiones, es imposible desenmarañar.  En las palabras del músico e investigador mexicano Antonio García de León, esta música tiene “aires de ambas orillas –cantares de ida y vuelta- que todavía nos transmiten el “ruido de fondo” de los orígenes de un universo común en permanente transformación y cambio”.

Este “ruido de fondo” es precisamente el que se percibe cuando se escucha una folía típica del barroco europeo y se la compara con alguna canción llanera de la actualidad. Esta intuición permanece aunque las formas musicales hayan atravesado distintas mutaciones que, en apariencia, las han alejado. En este sentido, es interesante recordar que la folía –llamada también folía de España–  es una técnica de composición e improvisación que surgió, precisamente, en un ámbito popular y que luego se transformó –en cierta forma se domesticó– para adaptarse al gusto de las cortes europeas. Sin embargo, su mismo nombre, folía, recuerda sus orígenes. Se trataba de un baile popular bastante frenético, según se deduce de las descripciones. De ahí que se lo señalara como “vano, loco, sin seso”. En este sentido, como se ha señalado con frecuencia, la forma musical de la folía ofrecía grandes posibilidades para la improvisación, por lo que inmediatamente triunfó en los ámbitos cortesanos. Podría decirse que el carácter festivo de las folías tempranas fue sustituido por los ideales de perfección y simetría musical que constituyen las folías tardías.

Lo interesante es que en su viaje a América esta forma musical parece haber recuperado sus connotaciones iniciales. Es decir, en el Nuevo Mundo la folía continuó siendo frenética y festiva. Por otra parte, también se fusionó con las distintas influencias que convivían en este vasto territorio. En este sentido, el baile llanero comparte con el flamenco el zapateo, además de mostrar claramente las influencias africana e indígena, algo bastante claro en uno de los instrumentos clave de la música de los llanos: las maracas.

Todo lo dicho anteriormente, se refleja a la perfección en el disco de Jordi Savall junto al Tembembe Ensamble Continuo de México, El Nuevo Mundo-Folías Criollas, o en la labor realizada por el Ensamble Recoveco, mencionado al principio, y el Ensamble Gurrufio, entre muchos otros.

Por Valeria Canelas, a quien agradecemos su colaboración

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